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La época del cansancio

En la medida en que se desconoce lo que ocurre afuera, el acontecimiento deja de ocurrir.

hace 11 horas
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  • La época del cansancio

Por David E. Santos Gómez - davidsantos82@hotmail.com

El torbellino de información geopolítica que nos dejó el 2025 parecía ser extravagante y único. Sin embargo, en solo una semana, el 2026 demostró (con Maduro, Rodríguez, María Corina, Trump, Groenlandia, Cuba, Rusia) que el vértigo, lejos de detenerse, se profundiza. Cada evento supera al anterior y las coordenadas que nos permitían interpretarlos fueron dinamitadas con un particular efecto en la sociedad informada: el agotamiento que lleva a las audiencias a la desconexión. No quieren más análisis, ni más noticias. No quieren más cifras, ni cuadros, ni videos, ni fotografías. Prefieren no escuchar declaraciones. Cada cual se encierra en sus propias concepciones. Se recluye en una burbuja como forma de protección para su sanidad mental.

La idea que sostiene el aislamiento es tan básica como potente. En la medida en que se desconoce lo que ocurre afuera, el acontecimiento deja de ocurrir. Todos sabemos que es una ilusión, pero sobre ella, al menos para muchos, se construye un momento de tranquilidad. La realidad, por el contrario, es que la crisis democrática brutal por la que atraviesa occidente, el aumento de los autoritarismos, la violación de las normas internacionales y las guerras prolongadas, recorren el camino social que primero las rechaza, luego las acepta y, por último, las consolida como la nueva normalidad.

El cansancio llega por saturación. La realidad —dramática, detallada e ilimitada— se ha impuesto en los últimos años con tal violencia que no tenemos un respiro para asimilar una crisis cuando ya está aplastándonos la siguiente. Estímulos desde la radio, el computador, el celular. Desde las redes sociales. Desde el chat.

La apatía se alcanza por un hartazgo comunicacional y los periodistas y los educadores nos quedamos cortos ante el reto de ofrecer caminos de esperanza desde la reflexión.

Desde hace un par de años en esta columna hemos hablado de la sorprendente normalización de lo absurdo, tanto en política internacional como en la local (lo veremos en cuestión de semanas en las campañas presidenciales y los debates). La demencia del ayer es el estándar de las cosas hoy. Esa naturalización del conflicto, que adormila a la sociedad, no hace más que profundizar la problemática y darle fuerza a aquellos que quieren arrasar con todo.

Quizá la esperanza está, como siempre, en la historia. Aún con lo oscuro del panorama actual, procesos sociales similares vividos en el pasado nos demuestran que, tras los momentos de mayor presión política y agotamiento social, se vienen transiciones hacia períodos más equilibrados. Se habla con frecuencia del movimiento del péndulo, cuando una sociedad decide un rumbo y, ante su fracaso, da un timonazo radical que gira el objetivo. Es plausible pensar que ese mismo péndulo nos lleve, en unos cuantos años, al retorno de la sensatez. Aún en medio de tanta locura, la realidad nos enseña que un terremoto no dura para siempre. Que al final vendrá un reacomodo que nos dará una época de serenidad luego de esta época de profundo cansancio.

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