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El atrevido gesto de María Corina Machado

hace 3 horas
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  • El atrevido gesto de María Corina Machado

Por Aldo Civico - @acivico

Durante los días previos al encuentro entre el presidente Trump y María Corina Machado, esperaba que ella no llevara a cabo el gesto que había anunciado: donar al mandatario estadounidense la medalla del Nobel de la Paz que le fue entregada apenas un mes antes en Oslo. Pensaba, como muchos, que hubiera sido un acto de sumisión innecesaria, incluso una falta de respeto hacia el Comité noruego que le había otorgado la distinción. Comprendía la intención de apaciguar el ego narcisista de Trump, pero ¿valía la pena bajar el nivel hasta ese punto? Eso me preguntaba hasta que ocurrió el gesto y comprendí que estaba equivocado.

No todos los gestos están hechos para ser comprendidos de inmediato. No todos buscan aprobación instantánea ni consenso rápido. Hay gestos —como el de Machado— que piden tiempo, porque su significado habita el plano de lo simbólico y no el de la inmediatez utilitaria. En una época en la que todo debe ser legible, rentable y traducible en ventaja, lo que no produce resultados inmediatos se descarta. Así hemos reducido la política a pura táctica, a cálculo, a movimiento. Pero el poder no se confunde necesariamente con la fuerza. Hannah Arendt lo recordó con claridad: poder y violencia no coinciden, incluso se oponen. Lo simbólico abre otra temporalidad, crea vínculos, produce sentido. El poder auténtico siempre es narrativo, histórico, memorial. Por eso los gestos simbólicos importan.

Visto así, el gesto de Machado no fue adulación. Al entregar la medalla del Nobel, activó la memoria histórica. Hace dos siglos, el general Lafayette entregó a Simón Bolívar una medalla con el rostro de George Washington. Bolívar nunca se separó de ella. La conservó como signo de un vínculo entre revoluciones lejanas. Aquel gesto no estaba destinado a producir un efecto inmediato. Así, su sentido llega a nosotros como inspiración. Por ende, el gesto de Machado no fue teatro. Fue un acto radicalmente político. Al consignar la medalla a Trump, invirtió el recorrido de la historia: el símbolo regresó a quien hoy encarna institucionalmente la herencia de Washington. Recordó así algo que el poder suele olvidar: existe una historia más grande que el presente, y quienes ocupan posiciones de fuerza no son propietarios de ella, sino custodios temporales. De paso, Machado dejó claro que hoy quien representa a Bolívar es ella, y no el régimen.

Este gesto va, por tanto, más allá de lo táctico. Como explica Marcel Mauss, el don no es una propiedad, sino un vínculo en movimiento. Su carácter sagrado no reside en ser intocable, sino en circular. Quien lo recibe queda comprometido. En muchas sociedades, los bienes más valiosos no son los que se conservan, sino los que deben ser donados; retenerlos rompe el vínculo y vacía el don. Desde esta perspectiva, la medalla del Nobel no es un objeto privado, sino un don relacional que atraviesa a personas e instituciones. Al entregarla a Trump, Machado no traicionó la distinción recibida, sino que le devolvió su originalidad, recordando su intención: la paz, que en Venezuela hoy coincide con la democracia y la libertad. Es lo que Machado quiso recordarle ayer a Trump, comprometiéndolo.

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