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Irán se consume en su propio fuego

hace 14 horas
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  • Irán se consume en su propio fuego

Irán entra ya en su tercera semana de protestas, las más grandes que hayan desafiado a la República Islámica desde su creación en 1979. Un alto cargo iraní reveló ayer que han muerto 2.000 personas, mientras Donald Trump da por terminado el esfuerzo diplomático con el régimen iraní, los presiona económicamente y se dispone a realizar algún ataque que le sirva de apoyo a los manifestantes en las calles.

Las protestas comenzaron el domingo 28 de diciembre y se han extendido por los 31 departamentos del país. Se dice que hay más de 10.000 detenidos, según organizaciones de derechos humanos, pero debido a que el régimen ha cortado el acceso a internet e incluso a la telefonía, la información llega a cuentagotas.

Lo cierto es que casi cinco décadas después de la revolución islámica, la teocracia iraní está en graves apuros y su sociedad parece mirar al abismo. Los jóvenes menores de 30 años, que son casi la mitad de la población, no saben qué es vivir en democracia, no tienen perspectivas de futuro y se han convertido en el motor de este gran movimiento que no hace más que crecer y al que ahora se han unido familias enteras con niños y ancianos.

Irán opera bajo un sistema de poder profundamente autoritario disfrazado de república. Aunque existen elecciones, el control reside en manos del Líder Supremo, una figura no electa que dirige el país con autoridad total sobre el aparato militar, judicial y religioso. A través del Consejo de Guardianes —también no elegido— se impide la participación de candidatos reformistas o críticos. Las elecciones son simbólicas, mientras el poder se concentra en una élite clerical que impone su visión religiosa sobre la vida pública y privada y reprime derechos como la libertad de prensa y el acceso a la información.

Irán atraviesa una grave crisis económica causada por enormes problemas internos. Su inflación anual ha llegado al 42% y la interanual fue superior al 52% entre noviembre y diciembre del año pasado. Esa hiperinflación debilita el poder adquisitivo de los ciudadanos en un país asfixiado por la corrupción y las sanciones externas. El aislamiento internacional y la mala gestión han empujado a millones de iraníes a la pobreza. Más del 40 % de los iraníes vive por debajo del umbral de pobreza, según cifras del propio Parlamento iraní en 2023.

El rial, su moneda, sigue perdiendo valor, entre otras porque las presiones se han incrementado desde la llegada de Trump a la Casa Blanca. Al inicio de semana el presidente americano amenazó con imponer un arancel del 25% a cualquier país que haga negocios con Irán. Esta medida, en apoyo a las protestas, podría transformarse en el uso de la fuerza militar.

El efecto de un gobierno autoritario se reproduce como en cualquier otro lugar del mundo. En esta dictadura las protestas son respondidas con violencia letal: disparos, arrestos masivos y cortes de internet para impedir la difusión de las noticias.

Cuando comenzaron las manifestaciones contra la mala gestión del gobierno, el propio presidente iraní, Masud Pezeshkian, asumió la responsabilidad y dijo que estas eran legítimas, que no había que buscar culpables en Estados Unidos ni en nadie. Pero a medida que los días pasaron fue endureciendo su mensaje al ver la vulnerabilidad de su propio gobierno. Ahora, el líder supremo Ali Jamenei ha llegado a acusar a los manifestantes de actuar como “mercenarios de extranjeros” y de complacer a Trump. Todo para justificar los excesos y la violencia que se ha desatado contra quien se atreve a señalarlos.

En septiembre de 2022 Irán vivió otras multitudinarias marchas que se prolongaron durante semanas. Esa vez el detonante fue la muerte de la joven kurda Masha Amini mientras se encontraba bajo custodia policial por no llevar bien puesto el velo. Pero en ese entonces, el contexto político y social era otro. Ahora, los aliados del régimen están en extrema debilidad tras la guerra de Gaza. La caída de El Assad en Siria y los golpes sufridos por Hezbolá en Líbano dan cuenta de ello. Y los propios ciudadanos iraníes sienten que el apoyo del gobierno a los grupos islamistas ha afectado su bienestar.

Todos estos factores son bien conocidos por Israel, que anhela una caída de los ayatolás, y por Estados Unidos, que insta a la población para que siga protestando y tome el control. Sin embargo, el aparato represor iraní tiene tentáculos y no se vislumbra una salida clara. Desde Washington, Reza Pahlevi, heredero de la derrocada monarquía iraní, apoya a los manifestantes y se ofrece a liderar el cambio. Muchos, desesperados, corean su nombre en las calles, mientras que otros se horrorizan con la posibilidad de volver a tener un Sha. Pero al final lo preferirían si eso implica terminar con el oscurantismo y el terror de los ayatolás.

Las amenazas van y vienen, pero esta vez sí parece vislumbrarse un cambio de régimen en Irán.

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