Quién sabe desde hace cuánto los seres humanos comenzamos a identificarnos por lo que hacemos antes que por el lugar donde nacimos o por nuestras pasiones. Solemos decir “Soy Jaime y soy actor” o “Soy Isabel y soy ingeniera de sistemas”, como si eso nos definiera mejor que cualquier adjetivo. Pareciera mejor decir que alguien es economista y profesora de tal universidad, que decir que es una mujer alegre que adora la lasaña. Últimamente hemos ido más allá y hemos convertido los nombres de las empresas donde la gente trabaja en identidades colectivas. En Colombia hay varios que ustedes han oído o usan y todos parecemos entender cómo son las personas a las que nos referimos.
Por eso es tan difícil perder el trabajo. Porque muchos de nosotros sentimos que sin ese trabajo ya no somos. Como le pasa a Man-su en los momentos más patéticos de “La única opción”, la más reciente película de ese maestro del cine que es Chan-wook Park (pueden ver “The handmaiden” o su anterior película, “La decisión de partir”, si no me creen), cuando el pobre tipo que ya pensaba que con su cargo gerencial en una productora de papel tenía su estilo de vida asegurado (un estilo de vida como de comercial gringo de cereales, con dos hijos, dos perros, clases de música y mansión con jardín) lo pierde porque la empresa estadounidense que ha comprado la compañía donde trabajaba decide automatizar varios procesos. Esas escenas causan una incomodidad difícil de soportar, porque son las exageraciones propias de la comedia de humor negro aplicadas a situaciones reales que conocemos, como los grupos de apoyo que les arman a sus empleados despedidos las mismas empresas para “aprender a buscar nuevas oportunidades”, o la inflexibilidad del supervisor, en un empleo temporal que consigue Man-su, que le obliga a que se quite el uniforme delante de todos, cuando le pide un permiso para asistir a una entrevista.
Park, junto con un grupo de guionistas con los que ya había trabajado, adapta la novela “The ax”, de Donald E. Westlake, que ya había sido llevada al cine por Costa-Gavras hace 20 años, de la forma intensa, desordenada y a veces torpe que exhibe en sus películas menos logradas, como “Thirst” o “I’m a cyborg, but that’s OK”, tal vez porque la urgencia de la historia principal en estos tiempos en que se vislumbran despidos masivos causados por la adopción de robots o por la IA en muchas compañías, lo obliga a intensificar el ritmo y los golpes de efecto, que son mucho más medidos y visualmente elegantes en el resto de su obra. Se comporta Park acá como aquel que quiere que lo escuchen en medio del barullo y para hacerlo sólo se le ocurre gritar más fuerte. Sin embargo, la premisa fundamental, de un tipo común que decide aniquilar a los otros candidatos al puesto que desea, convirtiéndose en asesino, conserva su poder y golpea la sensibilidad del público que se ve confrontado: ¿serían ellos capaces de hacer esto si les tocara? Yo, que antes que escritor o guionista en mi empresa, soy un pesimista practicante, sospecho que sí.
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